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| Foto: REUTERS / Rodrigo Garrido. |
CHILE INSURGENTE.
Por Jorge Altamira para Política Obrera.
La declaración del toque de queda en la mayor parte de Chile tuvo el
efecto opuesto al que esperaba el gobierno y la jefatura de las fuerzas
armadas: la movilización ha crecido en forma extraordinaria; se han
lanzado varias convocatorias a la huelga general; contingentes enteros
plantean desafiar en las calles el estado de emergencia. Portuarios y
mineros han empezado un movimiento de huelga.
La rebelión
popular ha desnudado el carácter fundamental del régimen político que
gobierna Chile: una máscara del pinochetismo. Los militares han salido
de los cuarteles en modo guerra civil – tomando posiciones de tiro para
disparar contra la multitud, en tanto helicópteros mapean el territorio
urbano para orientar la represión y preparar la ejecución del toque de
queda. Hay decenas de muertos. Sebastián Piñera, el presidente de la
derecha, lo dijo con claridad: “estamos en guerra”. En los reportajes
televisivos los manifestantes admiten que no están sorprendidos por lo
que ocurre: “son los mismos que bombardearon La Moneda”, en septiembre
de 1973. Quien fue pillado sin ropas ha sido el gobierno, que acompañó
el alza de la tarifa del subte con una nueva reducción de impuestos al
capital. En Chile, las llamadas ‘reformas estructurales’ han sido
llevadas hasta sus últimas consecuencias, con el previsible hundimiento
de las jubilaciones, la salud y la educación mercantilizadas, y una
‘reforma laboral’ que es sinónimo de esclavización en el más literal de
los términos.
La sublevación popular que abraza a Chile ha sido
preparada por, al menos, dos grandes factores. Es una culminación de
grandes movilizaciones de la juventud contra el carísimo arancelamiento
de la educación y el enorme endeudamiento que provocado al estudiantado.
En tanto la gratuidad de la enseñanza sigue presente como clavo
ardiente para la juventud y sus familias, a la agenda se suma la miseria
de los jubilados, en virtud de un sistema de capitalización que ha
enriquecido a la Bolsa y a los especuladores financieros, a cambio de
rendimientos que no alcanzan el nivel de pobreza para los pensionistas.
Hace pocos meses, Chile fue sacudida por grandes manifestaciones de
docentes, por los mismos motivos: bajos ingresos y ausencia de derechos.
La caracterización de que la lucha actual sería “espontánea” y
“descontrolada” es precisamente lo contrario: una extensión masiva de la
conciencia del antagonismo irreconciliable entre el régimen
pinochetista y las masas, incluso una organización de luchadores que ha
sido alimentada por las experiencias de las luchas de la última década y
media.
En la otra pendiente de la crisis aparece la crisis
mundial, que ha golpeado las exportaciones de Chile, en especial como
consecuencia de la retracción del mercado de China. La tasa de
crecimiento ha caído a la mitad de lo que era cuando iba a velocidad de
crucero – un 2% anual con tendencia decreciente. Esta combinación de
circunstancias ha hecho decir al Financial Times (21.10) que Piñera es
un “lame duck” - ‘ya fue’. Es la primera gran crisis política de Chile
en el pos pinochetismo. “Algo profundo está ocurriendo en Chile”,
recogió el FT de Marta Lagos, una consultora política. “Esto no es más
que la punta del témpano”.
La rebelión chilena convierte en
tendencia lo que algunos entendieron que había sido un hecho aislado
hace dos semanas en Ecuador. La crisis capitalista mundial seguirá
haciendo su trabajo demoledor en toda América Latina, en primer lugar en
Argentina, donde la disolución política y social se encuentra en estado
avanzado, más allá de la oportunidad de enderezarla que se arroga para
sí la coalición peronista. El bloque reaccionario que ha impulsado Trump
se deshace bajo el impacto de la crisis y de la rebelión popular –
incluso se hace sentir en la crisis que afecta al gobierno del proto
fascista norteamericano.
En la televisión chilena algunos
manifestantes se manifestaron partidarios de una Constituyente que barra
con todo el pinochetismo político y constitucional. La rebelión chilena
abarca reclamos que superan las posibilidades de una negociación
política. Para que una Constituyente cumpla ese objetivo debe partir de
la convocatoria a echar a Piñera, y servir como perspectiva política
para desarrollar una organización de masa de la clase obrera y reclamar
una dirección clasista de la Central Única de Trabajadores. La
renovación de ilusiones en un Frente Popular será utilizada por el
partido comunista, integrado por completo al régimen político, para
desactivar una movilización revolucionaria de los explotados chilenos.

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