Por Jorge Altamira para Política Obrera.
Bolivia atraviesa una crisis política de
características propias, mientras en otros países de América Latina se
desarrollan procesos políticos que ponen al desnudo una crisis
generalizada de regímenes políticos y una tendencia a la iniciativa y a
la rebelión popular. En Chile la rebelión popular adquiere facetas aún
más combativas, en tanto que en Ecuador se agota el compromiso entre las
organizaciones indígenas, de un lado, y el gobierno proimperialista del
otro. Más al norte, los comicios municipales en Colombia han registrado
una derrota inapelable del uribismo, en tanto que en Argentina el
fracaso estrepitoso del macrismo ha desembocado en una transición de
alcance incierto ante la magnitud de la crisis financiera, industrial y
social. Un síntoma poderoso del terremoto político por el que atraviesa
el continente, ha sido la reacción destemplada de fascista brasileño,
Messias Bolsonaro, en un marco de choques con los grandes medios de
comunicación y tensiones en el gabinete que controla la cúpula de las
fuerzas armadas.
El detonante de la crisis boliviana ha sido la
aparente irregularidad en el conteo de los votos de la elección del 20
de octubre pasado y el estrecho margen que se atribuye el gobierno sobre
la oposición para evitar una segunda vuelta electoral. Evo Morales se
presentó a la reelección, violentando un referendo, hace dos años, que
le negó esa posibilidad. El gobierno indigenista es acusado de violar
dos veces la legalidad constitucional. El 46 y pico por ciento que se
atribuye el oficialismo es, por otra parte, el registro más bajo que ha
obtenido EM desde la primera elección en 2005, y veinte puntos inferior
al de hace menos de una década. Todo esto combinado describe una crisis
de régimen político, que todavía debe ser explicada.
Como ocurre
con el resto de América Latina, Bolivia se encuentra afectada por el
retroceso del precio internacional de las materias primas – en este
caso, el gas, el petróleo y la soja. Por eso, los índices fiscales y del
comercio exterior acompañan el de los votos. La declinación económica
explica el descontento de la oligarquía de Santa Cruz, que ya no acepta
la presión impositiva de la fase de euforia. Al final de la década
pasada, el Altiplano y Santa Cruz parecieron encaminarse a una guerra
civil, debido a la oposición cruceña a una reducción del tamaño de los
latifundios que preveía un nuevo proyecto de Constitución. El compromiso
alcanzado en aquel momento satisfizo tanto a la oligarquía, que el MAS
de Evo se llevó el 54% de los votos de la región. El entrelazamiento
entre el indigenismo y la oligarquía quedó expuesto hace muy poco cuando
los latifundistas procedieron a la quema de bosques en la Chiquitanía
con la complicidad del gobierno central. Los planes de la oligarquía en
esta materia son, sin embargo, mucho más amplios. Empalman con los de
Bolsonaro, un protagonista central en la crisis corriente en Bolivia.
La denuncia del proceso electoral ha ido escalando a niveles
colindantes con el golpismo. Del reclamo para que se convoque a la
segunda vuelta o de que vote de nuevo, se ha pasado a la exigencia de la
renuncia de Evo Morales. La aceptación de una auditoría de la votación,
por parte de la OEA, es rechazada por la oposición e incluso por el
secretario general, Luis Almagro. La presión para que Evo se vaya es
ahora internacional. Comienza a montarse una operación Guaidó para
Bolivia. El movimiento secesionista cruceño – la extrema derecha – ha
emplazado a Evo a que se retire del gobierno en 48 horas. Todo indica
que se ha puesto en marcha un proceso que revierta las derrotas de Macri
y Uribe, el fracaso del golpe en Venezuela, y por último las rebeliones
chilena y ecuatoriana.
El oriente boliviano es una zona con alta
influencia de capitales brasileños, más allá de la dependencia de
Brasil del gas boliviano. Este cuadro se repite en Paraguay, donde los
brasiguayos y la burguesía brasileña en general se complotaron para
derrocar a Lugo. En el caso de Bolivia la batuta la lleva Bolsonaro, sin
que todavía quede claro el grado de intervención de la cúpula militar.
Un envolvimiento del estado mayor del ejército convertiría a la crisis
boliviana en internacional. Alberto Fernández se ha hecho el otario en
todo este asunto, siguiendo el ejemplo de Perón ante los golpes en
Uruguay y Chile en 1973. La declaración de AF en México, en el sentido
de que la política exterior de Argentina no será “ideológica”, insinúa
una abstención cómplice con el golpismo. En su momento, CFK y Dilma
Roussef (más Lula) asistieron impasibles al golpe contra Lugo, que luego
la ex presidenta de Brasil pagaría a sus expensas.
Sin dar
ningún apoyo a la pureza de la elección comandada por Evo Morales, es
necesario establecer una clara línea de lucha contra el golpe
brasileño-cruceño-trumpista. Las centrales obreras e indígenas oficiales
apoyan incondicionalmente al gobierno, pero otras, en Potosí, por
ejemplo, y varios otras, levantan la bandera de la ‘democracia’. Es
decir que la dirección política de la crisis se encuentra monopolizada
por ambos bandos capitalistas de la crisis (la burguesía indigenista, de
un lado, y la oligarquía de oriente, del otro). La derrota del golpe,
por medio de una acción de masas, que repita en mucha mayor escala la marcha
indígena del altiplano a oriente en 2007, es una prioridad. Sobre la
base de una derrota completa del golpe de Bolsonaro y la oligarquía
cruceña, deberá plantearse la convocatoria de una Constituyente
Soberana.

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